sábado, julio 21, 2007

Dulce melodía antes de mi agonía

Alguien está cavando mi tumba, se siente el frío del espejismo de la realidad, puedo ver cómo, desecho por el llanto, aquel hombre toma la iniciativa en aquel cementerio oscuro, una pala oxidada era más de lo que me merecía. Ya anochecía, él sabía lo mucho que me gustaba el crepúsculo y sus matices rojizos; cavaba un sitio donde aguarda un ataúd, lo intenta abrazar, lo besa y le dice cuánto lo quiere… ¿Quién será? Aunque no me ve, casi puedo tocarlo y aún así no percibe mi aliento, ni siquiera como mi sombra atraviesa la suya bajo la luz que queda de aquel día.

Acontecer importante al parecer; la gente llora y yo me dejo engañar por esa tristeza que desconozco. Me uno al llanto ajeno por el dramatismo que este convoca… Estoy con ellos para no ser diferente. Caigo en mi propia pena, admiro un rostro dentro del cajón tallado sutilmente por manos ajenas a este encuentro. Era mi rostro reflejado como por un pálido cristal, algo sombrío quizás o sólo así lo podía percibir yo. Entre granos de tierra y flores marchitas, veo cómo él me trata de tocar sobre aquel vidrio protector, mas no puede, quiere sentirme cerca de él, acariciarme cómo quizás antes no pudo, pero ya es demasiado tarde. Sus lágrimas tocan el cristal, y lo traspasan con un poder algo extraño, las siento como si fueran mías y se deslizan por mis pálidas mejillas, son tan cálidas que logro desvanecerme en ellos y dan a luz un suspiro melancólico ¿Qué ha sucedido? ¿Acaso nadie ve que aquí estoy? La gente, esas personas que conozco tanto como la filosofía de la vida que posee un bebé; no hacen más que darle las condolencias a él. Me siento apartada del lugar, estoy introducida en mi propio funeral: ¡Oh Dios! Dime si no es cierto esto…

Pensé tres segundos antes de poner mi mano sobre el hombro de él, ¿Acaso podría sentirme y darse cuenta que nada era real? Al hacerlo, quedé entre su piel, mi mano no era visible, y a su vez atravesaba sus huesos. No solté más que una lágrima al no alcanzar su cuerpo, siento que le debo tanto… Es crudo ver cómo te sepultan, incluso sin tener conciencia de que haz muerto. No recordaba nada de esto; ¿No he sido lo insuficientemente despierta para notarlo?

Desperté dentro de mi cuerpo, exaltada por lo que había visto, llevé mis manos ante mi rostro, y con un suspiro me precipité a ver el reloj: diez de la mañana, tarde ya, pero aún temprano para vivir.

Me levanté bruscamente, saludé al tenue sol que se colaba entre las persianas de la habitación. Me paré ante el espejo y no hice nada más que admirar mi cuerpo, tocarlo y sentir mi suave piel, lo mucho que me ha costado cuidarla para que un día sea roída por gusanos y pequeños organismos vivientes que se apoderarán de mi después de mi muerte, y todo parecerá en vano, como siempre son las cosas que no han de tener relevancia para el mundo… Todo perece. Ya no existiré en este mundo y casi olvidada permaneceré en un sitio vacío, sola y si logro tener suerte, puede que una o dos personas me visiten anualmente, claro, luego de la agonía y el daño que les provoqué, ya que no va a ser fácil que se den cuenta que ya muerta, hago falta en sus vidas. Pero quizás no es falta, sino que será parte de su rutina extrañarme para que luego, con el paso del tiempo, me olviden. Nadie recordará cómo alcancé la muerte, ni siquiera recordarán dónde o cómo vivía, y menos aún que mis ansias de ser feliz se consumieron tras el rostro de quien me lloraba y a quien no podía tocar… Ese ser extraño a quien amo.

El espejo es sólo mi fiel testigo de la soledad en la que vivo. Encontrarse solitaria en un mundo lleno de personas no es nada más que una realidad subjetiva, puede que al observarme no vea más que la exterioridad, así como me ve la gente al pasar por la calle, pero sé que no soy sólo eso… En realidad ¿Qué soy? ¿Por qué soy así? ¿Tengo oculto mi exterior o no hay nada más allá?

Es difícil pensar que la rutina te consume, que vivir lo mismo cada día por seguir unos ideales correctos y no disfrutar realmente cada minuto como deseas, sea la base de la felicidad, pero esto no es más que fomentar el vacío en el que caigo con cada tarde, cuando medito con el rojo ocaso en si la sangre sirve como solución o me equivoco al derramarla. Puedo arremeter los dolores tras u cristal roto o simplemente ocultándome entre sombras pero sería caer en la humanidad actual.

Quise sacar el dolor con la furia de mi soledad incomprensible tras el daño corporal. Herir mi piel para que sea más fácil en la putrefacción a la vida que llevo; sentir como el viento en mi cara, de frente me golpea y juega conmigo a querer empujarme a un vacío imaginario, ese que se presenta cuando camino entre toda la gente y me arrastra de un brazo para no tropezarme. Me retiene a la realidad.

No fue más que casualidad la forma de conocerlo, se presentó en un sueño de medianoche, cuando perturbada mi mente por el vacío y la soledad, junto la rutina maldecida ante el corto tiempo, me vine a mi casa, pensando en soluciones y en mi descanso. Rondé mi cama, me tiré en ella y acurruqué suavemente hacia abajo, cambié de posición y morí en mi almohada, caída en un suspiro dulce, en esa sensación estimulante del hueco interno y la mezcla de emociones, un futuro previsto tras un reloj que marcaba las doce de la noche; sin pensar más, me acomodé al lado derecho y abrazada a la soledad caí en su compañía.

Veía su silueta ante mí, con su mano varonil me llamaba y yo evadía su gesto sin consideración alguna siguiendo mi camino asustada por el más allá, y como todos los días, esa habitual caminata sin sentido. Me siguió, gritó que me detuviera sin saber mi nombre, y lo hice; una fuerza me llevó ante él y caí en sus brazos desesperada por mis ansias de soledad, me hundía en su deseo atrayente, su olor a hombre y mis ganas de poseerlo. Ahí le veo todas mis noches por el camino hacia mi perdición. Recuerdo cómo me salvó con su abrazo y los besos que me llenaron el corazón, ese que lo tenía enmudecido por el deseo inesperado y la pasión confundida de llenarlo pronto y a la vez la tardanza de lo que tanto busqué.

Sorprendida sigo, y el reloj avanza solitario entre los minutos agotados y el segundero perdido entre dígitos efímeros. Así perdura el tiempo y acaba mi aburrimiento… Sola, esperando a la muerte, y lamentando el presente.

Salgo de mi sitio, ese hogar que construí y que ha soportado hasta mis grandes ataques, el suelo aquel en el que he llorado, donde he botado mi sangre, magullado mis rodillas y agolpando mi cabeza contra la pared. Soy tan lastimosa, que este pequeño lugar ha guardado mis lamentos ocultos, y no es más que mi cárcel inconsciente de la que gozo estar, y a veces es la tormentosa celda de cuatro paredes en donde logro vencerme, donde pretendo recurrir a los nueve pisos bajo el mío, y que el cielo y el viento guíe mis pasos, aunque realmente soy más fuerte de lo que pienso y me da miedo tal travesía.

Camino lentamente, pidiéndole permiso al aire por atravesarlo, y en mi cabeza no hay más que imágenes subrayadas por la vía, gente y niños; asombrosas criaturas que parecen indefinidas en mi interior, como desconocidos, de otro planeta quizás, y a la vez, indefensos. No conocen el mal, las variaciones animosas o los tormentos de lo que es capaz la mente humana para autosatisfacer el afecto y sacar del cuerpo lo que no puede el alma. Ojala no sean personas como yo en su futuro…

Como novedad, la felicidad atraviesa mi rostro en una leve sonrisa (eso es increíble, casi nunca siento alegría ni la demuestro), es como si supiera las cosas que ocurrirían, el miedo ya no es más mi compañero, me ha abandonado para que me de un valor oculto, una seguridad indefinida.

Oigo ruidos estrepitosos, de esos que no dejan dormir cuando las lágrimas sólo desean nacer. Veo luces de colores, el cielo abierto, gente de blanco… Te veo a ti…

No quiero perderte, misterioso ser a quien amo. Eres quien me ha ayudado en mi locura temporal ¿Quedarás solo así como lo estaba yo antes de conocerte? A pesar que tu compañía irradiaba mis noches, los días se nublan al pensarte tan lejano. Te veo en mi inconsciente, sin duda estoy decayendo…

Cuesta admitir que la mente crea imágenes que estoy dispuesta a obedecer sin quererlas siquiera un poco. Mi afán no es caer en visiones, y menos mezclarlas con mi vida.

Soy un fracaso de persona, ni eso he conseguido. Mi felicidad es tan efímera como un niño concentrado, no tengo la capacidad de ayudarme a mi misma por más que lo intente u trate de ocultarme. No tengo nada más que un futuro procreado, o una realidad, al menos, complaciente.

Llena de indecisiones firmes y con un beso al aire para quien amo silencioso. Cuando el semáforo enrojece, el viento me tira a la pista desgarrándome el aliento, agolpándome la sangre y paralizando mis piernas, todo esto para caer… Caer como tantas veces lo hice y no supe levantarme… Las personas se agitan, ruido y más ruido, anhelo tranquilidad, pero ¿Será que hasta en mi agonía nadie me acompaña y sigo incomodando?

En mi inconsciente asociada a la razón nace una lágrima ante mis ojos, y por ella veo a mi hombre, ese que tanto pienso y sueño. Se arrodilla, toma mi mano y llora. ¿Eres un sueño más o en realidad existes?

La sensación de los gusanos me invade, despierto sorprendiendo a uno de ellos en mi muñeca, la misma llena de cicatrices anteriores. La carencia de oxígeno me inunda, me apreso en el mal olor de mi cuerpo. No soy capaz de librarme de las propias que me interpuse.

En mi vida me encerré, nunca fue fácil estar sola, sin apoyo. En mi mente te llamé tantas veces, que enmudecí de pena y melancolía; nunca me escuchaste, nunca respondiste mis susurros, y es así que ni la soledad me quiso acompañar, y esta misma me llevó a morir. Ni ella vio mi ausencia…

Y ni siquiera él me ha visitado en estos años que han pasados. Y yo lo sigo esperando junto a mi dolor…

viernes, julio 06, 2007

Proyecto 1 para Concurso Roberto Bolaño 2007

Desperté mirando el sol de frente, pensando en el nuevo día asomado y si podría tener sentido. Mañana de invierno soleado, extraña sensación para una personalidad congelada, pero era agradable sentir siquiera superficialmente una tibieza. Quise ocultar mi rostro de aquella dulce luz que me enceguecía levemente, pero mis manos se encontraban atadas bajo la almohada, tapé mi rostro tan sólo cuatro segundos, los precisos para darme el ánimo de enfrentarme nuevamente ante la amarga realidad.


Caminaba por costumbre, porque entre la gente me confundía y así desaparecía; por un instante me sentía un personaje de ficción, esta era mi manera de sentirme invisible. Miraba mis pies sin buscar una respuesta a porqué el cielo brillaba, me daba miedo observarlo, es de tan enormes proporciones que pareciera que se cae entre nosotros, nos absorbe nos hace meditar… Mi ritmo acelerado como producto de la absorción del tiempo; acelero, giro el volante, pero caigo en la monotonía de esta vida sin saber siquiera qué es.


Tocaba la silueta de cada quién que me rozara sin saber que podía morir por una de ellas. No tenía miedo a lo que sucediera menos que una cucaracha bajo la sombra de un zapato…




Kedo tan mula como intro...

Nuevo empezar...!